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martes, 7 de septiembre de 2010

el principio

El sonido no era una entidad separada. Lo sentía, como vibraciones, en cada fibra de piel y músculo y hueso que formaba su frágil existencia. Escuchaba cada textura sobre la que pasaba sus dedos, escuchaba el negro y el terracota de la ropa mojada tirada en la cerámica fría del piso. Y el agua; cayendo, fluyendo y reposando en pequeñas lagunas por toda la pequeña habitación, le subía el volumen a cada matiz del sonido. El agua no tenia sonido propio, sino que se suspendía en al aire con una extraña cualidad de aceite, de lo insubstancial. Su pelo se arremolinaba, se enmarañaba al caer las gotas en un ritmo perfectamente caótico. Su piel se derretía con una frescura un poco confusa al fluir los pequeños ríos. Bajando por su nuca, besando su clavícula, acumulándose por segundos ahí antes de bajar por el centro de su pecho y caer por su abdomen hasta sus piernas y su centro. Mujer. Mujer confundida. Mujer pensativa. Mujer impulsivamente inmóvil.
Sentada entre sus piernas, dándole la espalda, mientras veian todo deshacerse en agua, enfrente y detrás de las puertas de cristal. Era cristal, con vestigios de reflejo, conteniéndolos a ellos en un rectángulo de lluvia. Podía escucharlo mientras el bajaba la boca a su oído y susurraba palabras que no entendía. No era importante saber que decía. No era importante recibir ninguna dirección. El tono mismo del susurro mataba cada suspiro de resistencia y las manos de ella, la querían mantener en este mundo mientras recorrian cada sombra del extranio.

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